top of page

Serendipias

  • Juan Manuel Mogollón
  • 18 feb
  • 5 Min. de lectura

La puerta del café se abrió abruptamente y entró una mujer de algo más de 60 años, sacudiéndose la lluvia de su gabardina.

-Buenos días, Margarita, le dijo desde el mostrador el hombre que limpiaba diligentemente varios vasos y pocillos. -No es normal esta lluvia para estos días, ¿no te parece?


-Hola Tincho, así es, le contestó ella, al tiempo que depositaba su paraguas en el recipiente dispuesto para guardar aquellos artefactos mojados. No llueve por aquí en febrero, pero bueno, no todos los febreros tienen un 29 como hoy, dijo con una leve sonrisa.


Margarita se sentó en una mesa en la esquina del fondo que daba contra el amplio ventanal donde la lluvia aún golpeaba con fuerza. Acto seguido sacó el móvil de su cartera y se entretuvo revisándolo.  De repente, le apareció un mensaje de WhatsApp:

- Hola mamá, pensándote mucho hoy, como todos los 29 de febrero. ¡Eso no quiere decir que te pienso solamente cada cuatro años (emoji de carita feliz) Un beso!

- Gracias hija, escribió despacio con un dedo, mientras sostenía el móvil con la otra mano. Hablemos esta noche si puedes y me cuentas de Tony. ¡Debe estar inmenso!


Margarita suspiró mientras miraba por la ventana cómo varias personas huían de la fuerte lluvia y se refugiaban donde podían. Luego volvió a revisar el móvil para ver unas fotografías viejas y visiblemente escaneadas que mostraban en caracteres amarillos en la esquina inferior derecha la fecha en que fueron tomadas. En las primeras se podía ver a una Margarita mucho más joven, acompañada de un joven de bigote negro y grueso que la abrazaba sonriente frente a una playa y otras ya un poco mayores, en un aeropuerto frente al mostrador de una aerolínea, ella embarazada y él sosteniendo un maletín con su mano izquierda y abrazándola con la derecha. En esa foto, decía abajo: febrero 29 1992.


Mientras tanto, la puerta del bar se abría rápidamente para luego cerrarse con delicadeza en un par de oportunidades, mientras ella continuaba viendo sus fotos viejas.

Alzó la mirada y miró hacia donde estaba Tincho, quien se acercaba a su mesa y le mostraba con un gesto de su cara, la bandeja con un cappuccino y un biscotti, al tiempo que le esbozaba una leve sonrisa y decía: - ¡lo de siempre y recién hechos!

En ese momento entró de repente un transeúnte empapado, sin paraguas. Cruzó rápido la entrada y se dirigió hacia el mostrador mientras se sacudía el agua de la ropa.

Margarita probó el biscotti y bajó la mirada nuevamente hacia su móvil, pero la detuvo a mitad de camino. Mantuvo sus ojos fijos en el piso varios segundos y los levantó de nuevo para observar al comensal algo mayor que ella que acababa de ingresar y que ya estaba sentado en una mesa a unos pocos metros de distancia.

El hombre pasaba las páginas del menú con su mano izquierda y luego se acarició su bigote blanco y grueso con la misma mano. Margarita intentó tomar un trago de su cappuccino, pero no pudo: el brazo le temblaba, por lo que se ayudó a retornar la taza a su plato con las dos manos.


- ¿Todo bien? le preguntó Tincho, quien pasaba justo por su mesa, rumbo a tomar el pedido del recién llegado. Margarita no le contestó y tampoco lo miró, pues sus ojos continuaban fijos en la mesa del hombre del bigote denso.

Tincho se alejó despacio con el pedido anotado en su libreta, mientras observaba nuevamente a Margarita, quien se paró de su mesa y se dirigió hacia la del recién llegado, para luego pararse justo detrás de él.


-Tú estás muerto, Antonio, le dijo Margarita con una voz baja y a la vez firme. Avanzó un poco más y quedó en frente de él. -No hubo sobrevivientes, continuó. Todos quedaron calcinados. Fue imposible identificarte.

Antonio no siguió comiendo de las aceitunas que le había llevado Tincho. Abrió mucho los ojos durante unos segundos y luego carraspeó. Miró hacia el frente, respiró y se enderezó en su silla.


- Híjole Margarita, no me chingues, contestó Antonio con voz trémula, alisándose el bigote mientras una gota de sudor caía sobre su patilla derecha. A ver, pásale, siéntate, alcanzó a decir, continuando con los ojos muy abiertos.

Antonio sacudía la cabeza repetidamente. Ambos permanecieron callados un rato, uno frente al otro, ella de pie y él sentado, mirándose fijamente sin desprenderse las miradas e ignorando a Tincho quien trató de llevar un café, pero dio un paso atrás y volvió al mostrador.


-Estoy de paso obligado por Madrid, atinó a decir finalmente Antonio tras carraspear varias veces. Me temía que pasara esto, aunque lo consideraba de bajísima probabilidad. Ya sabes, sesgos del cuate estadístico que soy, dijo con una voz algo más firme. Nunca me subí al avión. Cuando me despedí de ti, tuve que entrar con urgencia al baño y me quedé atascado pues la puerta no me abría. El cerrajero se demoró en llegar y yo no cabía por debajo de la puerta. Me salvó una pinche cagada, así como lo oyes.

Margarita seguía de pie pero tuvo que sostenerse en la mesa. Respiraba de manera algo agitada y tenía la cara muy pálida.

-- No entiendo esa frescura, no entiendo, pudo decir Margarita. ¿Cómo no regresaste, Antonio? ¿Por qué no nos contaste que estabas vivo, que sobreviviste? ¿Sabes por todo lo que hemos pasado tu hija y yo todos estos años? ¿y de dónde sacas ese acento mexicano?


-- A ver, siéntate güerita, contestó Antonio ahora algo más tranquilo, mientras le acomodaba una silla. ¿Sabes?, es que llevo imaginándome esta conversación muchos años. Cuando logré salir del baño, el avión ya había despegado, ya se había incendiado y ya había toda una revolución en el aeropuerto. Me quedé estupefacto, pero el primer impulso no fue llamarte, ni a ti ni a nadie. Salí corriendo, corrí como loco y cuando ya me faltaba el aire, me atacó una risa incontenible, liberadora y que no reconocía pero que francamente disfrutaba.

--Es cierto que debí haber hecho muchas cosas en ese momento, continuó diciendo Antonio, pero no era yo el que decidía, actuaba como un autómata. Sin pensarlo, seguí caminando varias horas y siento que aún sigo en esa caminata y que todo lo que ha pasado desde entonces no ha sido mi escogencia. Alguien o algo lo escogió por mí.


Ya había dejado de llover. Margarita había recuperado algo del color de su cara y respiraba un poco mejor. Se quedó un rato en silencio, lo miró despacio de arriba a abajo, repitió varias veces ese proceso y se mordió los labios mientras le clavaba la mirada en los ojos. Se echó hacia atrás y luego se puso de pie sin dejar de mirarlo fijamente, para luego acercársele y decirle al oído:

- La hija no es tuya y tu hermano tiraba mucho mejor que tú.


Luego se dirigió rápido a la puerta, miró a Tincho con una sonrisa plena que le llenaba la cara, le dijo que le pagaba luego, tomó su paraguas y salió caminando a buen ritmo bajo la lluvia ya leve, sin mirar atrás.


*Ingeniero de Sistemas y Computación de la Universidad de los Andes, Especialista en Finanzas de la Universidad de los Andes y Máster en Gestión de Boston University. Más de 30 años de experiencia en el mundo de tecnología, en Estados Unidos, España y Colombia y, más recientemente como presidente de SAP Colombia y Globant Colombia. 

1 comentario


Invitado
08 mar

Ingenioso y entretenido.

Me gusta

Hojeando

Consejo editorial: Álvaro Echeverri Uruburu, Luis Eduardo Avila, Jose Roberto Cadavid, Jorge Mendoza.

Director Editorial: Alvaro Echeverri

Gerencia de edición: Juan Guillermo Echeverri

Coordinación editorial: Esperanza Niño Izquierdo

©2024 ICECUBE.P&M 

bottom of page